LA LIBERTAD QUE PROPORCIONA COMPRAR FRENTE A ALQUILAR.

Existen muchos y buenos estudios que cuestionan si es mejor comprar o alquilar una vivienda, proporcionando análisis sesudos en los que la decisión se basa, casi exclusivamente, en el esfuerzo económico en términos cuantitativos. Las respuestas no son unívocas y a la hora de tomar una decisión te invitan a analizar tu movilidad laboral, tu situación familiar, tus perspectivas de ingresos, así como la coyuntura económica general que incluye el coste de los préstamos y la situación del mercado de alquiler y venta de viviendas. Pero en estos análisis olvidan la relación que existe entre propiedad privada y libertad1.

Para ver esta relación, hagamos el siguiente recorrido:  imaginemos una sociedad teórica compuesta por pequeñas unidades territoriales que pertenecen a individuos o familias que son capaces de autoabastecerse con el fruto de su trabajo aplicado a su propiedad, es decir unidades autosuficientes y autárquicas. Esta sociedad teórica sólo necesitaría una institución superior2 que garantizara la estabilidad de sus propiedades frente a agresiones exteriores y unas mínimas normas de convivencia, pues las relaciones entre los distintos grupos serían escasas.

Si estas unidades familiares generaran un excedente de alguno de los bienes que producen, y si consideran que le proporciona una ventaja, podrían intercambiarlo por bienes distintos de otras unidades familiares y así obtener más riqueza que si se limitaran al autoconsumo (p. ej. intercambiar un producto agrícola que se da bien en sus tierras por otro que no y que requiere mayor esfuerzo y medios). Con la aparición de los intercambios o comercio, la institución superior debe velar, además de por la propiedad privada, por el cumplimiento de los contratos entre los distintos intervinientes.

Un siguiente paso consistiría en que estas unidades familiares, decidieran dejar de producir alguno de los bienes necesarios para su existencia (p. ej. ropa) si consideran que les es más fácil conseguirlo intercambiándolo por algo en lo que sí tienen facilidad en producir (p. ej. herramientas). Además del fenómeno de la especialización en la oferta de bienes y servicios, surge una dependencia del “mercado” para abastecerse de aquellos bienes que ya no produce la unidad familiar.

Si en vez de un bien son varios los que decidimos dejar de producir e intercambiarlos por los que sí producimos, cada vez obtendremos mayor valor añadido por nuestra producción y especialización (si no fuese así preferiríamos volver a la autosuficiencia), pero a su vez, nos hacemos más dependientes de los demás y de las vicisitudes del mercado (y de la injerencia política en los mismos).

Si trasladamos esto a la realidad actual, nos muestra como nos encontramos en una situación diametralmente opuesta a aquellas unidades familiares autárquicas teóricas, pues hemos desarrollado una sociedad totalmente especializada en la que poco sabemos hacer más allá de lo que concierne a nuestra profesión u oficio. Esto nos lleva a una absoluta dependencia de los demás para obtener los bienes y servicios necesarios para subsistir.

Cuando digo dependencia de los demás, también debemos incluir al Estado, pues éstos se han arrogado la capacidad de ofrecer en mayor o menor grado de exclusividad determinados bienes y servicios, especialmente en las sociedades socialistas y comunistas, y en menor medida, aunque in crescendo, en las socialdemocracias vinculadas al Estado de bienestar.

Son muchas las vicisitudes que pueden hacer que algún bien o servicio que necesitamos adquirir sufra problemas de abastecimiento y subidas de precios (normalmente asociadas), que nos afecten desfavorablemente y nos causen un quebranto.

En una economía globalizada las variaciones bruscas de precios y oferta de determinados bienes o servicios producidas por causas imprevistas, como catástrofes naturales, pandemias, bloqueos comerciales o guerras, suelen tener un alcance limitado y el mercado suele reaccionar ágilmente buscando alternativas. Otro problema distinto son las carestías provocadas por decisiones políticas las cuales pueden llegar a desabastecer países enteros por décadas.

Lo razonable frente a estos riesgos es protegernos, pero como ya es inviable convertirnos en autosuficientes, debemos identificar dónde están nuestros mayores esfuerzos económicos y tomar decisiones.

Si tenemos en cuenta que una buena parte de los ingresos de la unidad familiar se va en el alojamiento (de un 30% hacia arriba) llegamos a la vivienda. Si tenemos que adquirir los servicios de alojamiento que proporciona la vivienda en el mercado de alquiler, estaremos sujetos a los vaivenes de este mercado, que en el caso del Reino de España está altamente intervenido. Sin embargo, si tenemos una vivienda en propiedad, podemos autoabastecernos de los servicios de alojamiento que nos proporciona el inmueble, huyendo de la dependencia que implica estar sujeto al mercado del alquiler3.  Es decir, al no depender de terceros, seremos más libres. Y no solo seremos más libres respecto el mercado de la vivienda, sino respecto las decisiones políticas que están agravando el problema4.

Nos engañamos si creemos saber qué nos deparará el futuro o simplemente si pensamos que mejorará nuestra situación económica con el tiempo (o al menos que no empeorará). No existe tal certeza. Para protegernos de cualquier vicisitud adversa, sólo podemos ahorrar o adquirir medios para autoabastecernos de cuantos más bienes y servicios mejor, como ocurre con la vivienda. Ambas herramientas nos proporcionarán libertad, pero nos exigirán renuncias y trabajo duro. Y pese a ello, puede ocurrir que el Estado devalúe nuestro esfuerzo gravando injustificada y desproporcionadamente nuestra propiedad o devaluando nuestros ahorros vía inflación (un camino que ya ha empezado a recorrer).

Cádiz a 29 de agosto de 2025.

Gumersindo Fernández Reyes

Notas:

Nota 1. Este artículo se basa en el libro Derechos de Propiedad y Democracia de J.M Buchanan y G. Tullock.

Nota 2. Cuando hablo de una institución superior, hablo de alguna forma de gobierno y justicia que vele por las reglas de convivencia establecidas. Estos aparatos toman hoy en día la forma de Estado.

Nota 3. Este razonamiento es extrapolable a cualquier actividad que necesite un inmueble (tiendas, oficinas, industria…).

Nota 4. La escasez de vivienda en un país donde sobra suelo debemos achacarla a decisiones políticas, tanto por la excesiva burocracia que retrasa la transformación del suelo, como por las ideologías ecologistas que han conseguido que las necesidades del ser humano pasen a un segundo plano frente a las del resto de seres vivos.

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